La Nación - Buenos Aires
13 de marzo de 2010

"UNA VOZ MELANCÓLICA Y SIN FRONTERAS".

La cantante retoma un ciclo de conciertos en el Maipo, donde hace jazz y se abre al folklore y al cancionero latinoamericano.

Sonríe y habla con la misma naturalidad con la que ignora el asedio profesional del fotógrafo de adncultura, cuya cámara atrapa los gestos y expresiones que ella prodiga sin mucha conciencia de sí misma. Alrededor, las mesas del café Zurich de Belgrano se van poblando mientras en la televisión, a un costado, empieza el amistoso entre la Argentina y Alemania. Ajena a las fotos, la gente y el fútbol, sentada frente a un café y un agua mineral, Ligia Piro habla de una doble vocación temprana: el teatro y la música.

Hija de artistas (la cantante Susana Rinaldi y el bandoneonista Osvaldo Piro), Ligia creció en la efervescencia de un ambiente musical. Cuando terminó el secundario, su madre le sugirió seguir una carrera tradicional, pero la sangre llamó y ella se inscribió en el Conservatorio Nacional de Música y en la escuela de teatro de Agustín Alezzo. Y de allí salió a la vida. "Para mí el teatro era un contagio de actitudes: un director amigo se acercaba con una obra o un proyecto y allá iba yo -dice-. Al mismo tiempo, hacía teatro comercial, como los musicales Gotán y Nine , y hasta televisión. Era otra época, quería experimentar y hacía lo que me pintaba. Hoy puedo decir que hago lo que verdaderamente quiero y no lo que me pinta. Cuando empecé a cantar como solista, tomé un camino más concentrado en la música. No más serio, porque siempre me tomé en serio lo que hice. Pero dejé el teatro para desarrollar mi parte de cantante."

-¿Qué había en la música que no te daba el teatro?

-Soledad -dice después de pensarlo unos largos segundos-. El teatro era dejarme contagiar por la alegría y las iniciativas de otra gente. En cambio la música supone un trabajo previo más solitario, de introspección. Estar sola con las canciones, estudiar versiones anteriores. Eso lleva tiempo.

Con tres discos editados (el último, Trece canciones de amor , es una bellísima colección de standards que grabó con la única compañía de la guitarra de Ricardo Lew), una dicción impecable y un estilo que evita los excesos y los clichés sin resignar expresividad, Ligia Piro es quizá la mejor cantante de jazz del país, un rótulo que -digámoslo desde ya- ella prefiere evitar. Cantante de jazz es Ella Fitzgerald, dirá. Ella, Ligia, es intérprete a secas. Y así lo demuestra en el show Según pasan los años, que desde la semana pasada volvió los martes al Maipo, donde amplía su repertorio con piezas del cancionero latinoamericano y temas como "Barro tal vez", de Luis Alberto Spinetta, y "Zamba de Juan Panadero", del Cuchi Leguizamón y Castilla. Junto con Susana Rinaldi, su madre, invitada de lujo, canta el tema que da título al espectáculo, aquel clásico del film Casablanca .

-El gusto por el jazz lo heredé de mi madre, con quien nos quedamos mi hermano [Alfredo, también músico] y yo cuando mis viejos se separaron. Yo tenía tres años. Recuerdo una época de felicidad plena y de pronto un agujero negro, entre mis cinco y nueve años, de mucho conflicto. Me quedé sin habla, me contaron, y me mandaron al psicólogo inmediatamente -se ríe-. Empecé a escuchar a Billie Holiday a los nueve años. Expresaba mis conflictos en mis elecciones musicales, creo. Mamá escuchaba mucho jazz y bossa nova. Yo me llevaba sus discos a la intimidad de mi cuarto, donde tenía el tocadisco que me había regalado mi abuela. También ponía mucho el disco de Tom Jobim y Elis Regina. Yo venía de escuchar sólo La novicia rebelde , hasta que un día mi mamá me gritó: "¡Pará con eso, poné otra cosa!" -se ríe de nuevo-. Entonces empecé a robarle sus discos.

-¿Sos una cantante de jazz?

-Prefiero tener una actitud más abierta y pensar que soy una intérprete. Una cantante de jazz completa era Ella Fitzgerald, diosa del scat . Yo no tengo esa estrella ni esa capacidad técnica. Empecé con el jazz y la bossa, pero con los años me fui abriendo a otras cosas. Me gusta la diversidad y así soy en mi vida. Me atrae la calidad musical, más allá del género.

-¿Qué tienen en común las canciones que elegís?

-Una cosa melancólica, seguro, porque yo soy eso. Mi pasión son las baladas. En general, busco algo que me conmueva, y eso suele estar en la combinación de texto y música. Los temas que elijo me despiertan una sensación física que no se puede explicar. Y cuando tengo el repertorio, pienso el show como una puesta. Hago como un rompecabezas con los temas para encontrar un orden y hasta imagino las luces del escenario. Siento que así respeto a la gente, y ésa es la forma en que vi trabajar a mis padres toda la vida.

Ligia tiene dos discos en carpeta que editará en Gato Pop, el sello que fundó junto a su marido. El primero se llamará Strange Fruit (sí, aquel tema de Lewis Allan que inmortalizó Billie Holiday), un proyecto compartido con el trompetista Juan Cruz de Urquiza, que escribió los arreglos para una banda de doce músicos integrada por muchos de los nombres más respetados del jazz argentino (Ricardo Cavalli, Pipi Piazzolla, Diego Schissi, Richard Nant y Ramiro Flores, entre otros). ¿Los temas? De "Goodbye Pork Pie Hat", de Charles Mingus, a "Noche de ronda", de Agustín Lara, pasando por "Bajo este sauce solo", de Castilla y Valladares. El disco saldría en julio. En el otro CD, que espera lanzar también este año, volverá a encontrarse con Ricardo Lew para hacer, en dúo, un repertorio que irá más allá del jazz.

-¿Cómo aparece el folklore en esta etapa de tu carrera?

-Con Ricardo había empezado a cantar "Zamba de Juan Panadero", un tema que le escuché cantar a mi tía Inés toda la vida. Hace dos años viajé a Salta por primera vez y cuando me mostraron la mesa del bar donde el Cuchi se sentaba, me puse a llorar como una tarada. Nunca antes el folklore me había pegado tanto. Pero creo que el folklore, como el tango, es una música que te pega más fuerte cuando crecés y tenés más experiencias de vida.

-Cuando alcanzás cierta madurez...

-Tuve mi hijo hace tres años y la maternidad me pegó fuerte, veo las cosas con los pies en la tierra. Y ni te digo cómo cambiaron mis horarios: yo dormía hasta el mediodía y hoy me levanto a las ocho, y no hay sábado ni domingo. Agradezco mucho vivir de lo que me gusta, pero si tuviera que trabajar de otra cosa por él, lo haría. Hay otra boca que alimentar, y yo a esa persona no la quiero exponer a cambios que la hagan sentir mal. Hasta que empiece el colegio, me lo llevo a todos lados. Incluso a las giras. Las maestras del jardín están advertidas: "Me lo llevo a Román una semana".

Así son las cosas con Ligia Piro: vida y música se confunden.

Por Héctor M. Guyot