Página/12
11 de julio de 2008

LA CHICA DEL SWING

Momento de feliz plenitud para Ligia Piro, en lo personal y en lo artístico. Hija de figuras famosas del espectáculo –Susana Rinaldi y Osvaldo Piro–, la cantante y actriz soslayó el tango para volcarse al jazz, la bossa nova, con incursiones en el rock y, últimamente, el folklore. Sus actuaciones en público y su último CD prueban que ha encontrado su verdadera voz, un estilo inconfundible.

Dice que desde que nació su hijo Román, actualmente de año y medio, ella mira el mundo a través de esos ojos inocentes y cosas que antes le dolían –el maltrato, la desigualdad, la injusticia– ahora no las puede soportar. Se queja de la ligereza y el cinismo de un conocido comentarista radial que escuchó en el taxi, de la exhibición de riqueza por parte de cierta gente, “me parece un poco inmoral en una ciudad donde vez cada vez hay más personas durmiendo en la calle en pleno invierno”. Ligia Piro es así de transparente, sin pose alguna, como su canto que ha ido madurando, decantándose hasta llegar a esa alhaja que es Trece canciones de amor, su reciente CD, donde con su espléndido instrumento vocal (y acompañada de un gran guitarrista, Ricardo Lew), hace standards de jazz, desliza algo de rock. Entre los irresistibles temas que hace con su voz cálida y su rico fraseo, figuran “Moon River”, “Over the Rainbow”, “Waltz for Debbie”, “Love You Madly”.

Lejos de toda forma de bulimia laboral, Ligia (nombre de una las tres sirenas hermanas –las otras: Parténope y Leucosia– de la mitología griega, naturalmente inclinadas a la música), declara tranquilamente que no ambiciona un Grammy, que no busca la popularidad a cualquier precio por lo que se ha negado a propuestas descaradamente comerciales. Aparte de ver crecer a Román, de tener más hijos, de seguir en venturosa sociedad matrimonial y profesional con su marido David, Ligia Piro quiere seguir cantando, investigando, manteniendo despiertas la curiosidad y la apertura mental, con la ilusión de hacer más teatro, de filmar. La intérprete de las Trece canciones de amor también desearía que su sello independiente recién fundado –Gatopop en honor de su minino siamés Pop, consentido y reclamador– se desarrolle y “así poder darle una mano a tantos artistas que tienen que remarla mucho en un país tan exitista” (ahora le está produciendo un disco a su madre, Homenaje a Homero Manzi). También anuncia que ha de seguir probando con el folklore: de hecho, el sábado 28 pasado, cantó en la ESMA, entre otros temas en un show de una hora, la zamba “Bajo el sauce solo”.

“Sí, estoy en un gran momento, con la carrera, con la vida”, reconoce sonriente LP. “Claro que a esta altura sé que los momentos –tanto los buenos como los malos– no son eternos. Por supuesto que prefiero los estados de felicidad, trato de alcanzarlos, resguardarlos en todos los ámbitos que voy transitando. A veces me cuesta más, a veces las cosas buenas se van sumando espontáneamente. En mi carrera, estoy en una instancia clave, de decisión. Después de este disco, que quedó como quería, me pregunto ¿sigo con el jazz? No es que piense dejar este género, pero creo que estaría bueno abrir el abanico hacia otro costado, ver qué otras cosas me provee, me inspira la música. Le tengo miedo al estancamiento, a la facilidad. Sé que me tengo que nutrir todo lo posible. Por ejemplo, me gustaría ir a Estados Unidos. Sólo he viajado a Europa, invitada por mi mamá, pero resulta que me he dedicado a un género musical que viene de Norteamérica.”

¿Quizás ese viaje a las fuentes le dé otra dimensión a tus interpretaciones? Repasar in situ la historia de los negros en ese país, la esclavitud, la expresión musical como bálsamo de tantas penurias avaladas por iglesias, por un gobierno que se creía campeón de la democracia.

–Sí, algo espantoso, que ocurrió a lo largo de mucho tiempo, porque los negros eran muy discriminados hasta lo años ’50. Estoy por cantar un tema, “Strange Fruit”, que hacía Billie Holiday. Y resulta que el compositor era blanco y judío, había escrito esa canción quizás en homenaje a sus padres, que eran anarquistas y los mataron. El disparador del tema fue esa foto que después se hizo famosa, de un negro colgado de un árbol, linchado.

Aunque en el jazz hubo algunas instrumentistas que lograron hacerse oír en tiempos heroicos para ser mujer y negra (como la pianista Mary Lou Williamson), desde siempre brillaron por amplia mayoría las voces femeninas.

–Sí, en el ámbito fue, todavía lo sigue siendo aunque en menor escala, más difícil para las mujeres, hay mucho machismo. Pero es cierto que desde siempre hubo cantantes maravillosas. Acá, actualmente, hay varias buenas, pero no tienen suficiente repercusión. Es una lástima. Yo me siento una privilegiada porque el público y la crítica me han recibido muy bien, aunque también creo que tengo talento y que hago lo mío lo mejor que puedo.

¿Hasta qué punto una cantante nace, hasta qué punto se hace?

–No es fácil marcar el límite: acá tenemos cantantes varones y mujeres, del siglo pasado, que no hicieron cursos ni seminarios de nada y eran unos genios increíbles. Hay algo que se trae o no y, por supuesto, si está la base, se puede educar, perfeccionar. Sin embargo, hay gente como Tita Merello, como Edith Piaf que prácticamente salieron de la nada, de la calle, con infancias desdichadas. Billie Holiday, incomparable, tuvo una vida muy difícil. Hay muchos elementos que entran en una interpretación para volverla personal. Para mí es fundamental poner corazón. Porque hay cantantes de voz perfecta, afinación exacta, técnica impecable y los escuchás sin que se te pare un pelito.

Tomando en cuenta los grandes nombres y el número de cantantes, ¿puede decirse que en el jazz el canto es femenino?

–Creo que sí, aunque hay excepciones masculinas. Pero obviamente la historia demuestra que son más las mujeres cantando jazz, entre las cuales hay enormes artistas. Y negras, hay que decirlo. Porque sin ponernos a discutir la igualdad de los seres humanos, la verdad es que los negros traen una data en el ADN que los blancos no. Música en la sangre, los africanos para mí son los inventores de la música del mundo. No hace falta investigar mucho, voy hacia atrás en algunos géneros –el tango, el candombe, la habanera– y veo que me conducen al Africa. El jazz nos lleva al gospel, al sufrimiento, a la música hecha en forma clandestina por los esclavos ¿traídos de dónde? Y así podemos seguir con el bolero, el chamamé, el mambo. Mirá los brasileños, sus ritmos y sus bailes.

Viniendo de madre y padre identificados con el tango, ¿te buscaste otra salida musical que te expresara y te diera identidad? Porque ser hija de famosos ya era una carga, y si encima optás por la música...

–Podría decir que hice la mía, lo que deseaba, lo que me gustaba de verdad, sin ánimo de romper por romper. Siempre fui leal a mis sentimientos, traté de ser muy sincera conmigo misma. Creo que lo más difícil es encontrar la autoconfianza. Sobre todo en tiempos como los actuales, en que todo el mundo está pendiente de qué dirán, de cómo triunfar rápidamente. Ese no es mi estilo. Yo fui una nena recontrasensible, melancólica, con las sensaciones a flor de piel, siempre creyendo que se me venía el mundo encima. Entonces, estaba claro que los mejores frutos los iba a dar haciendo aquello en lo que creía. Y lo que a mí me gustaba era el jazz: los discos que me “robaba” del living de casa y me los atesoraba, eran todos de jazz: Billie Holiday, Ella Fitzgerald fueron las primeras con las que me topé. Y de bossa nova: de Jobim para acá, me gusta todo. La primera vez que canté en público, cuando me recibí en el secundario, hice con una amiga algo relacionado con lo que elegiría después, ya como profesional: una canción de Bacharach. Mis padres se sorprendieron pero a la vez me sentí reconocida por ellos. Un par de años antes, yo había dicho que quería estudiar teatro, y creo que mi mamá no lo tomó muy en serio, aunque ya cantaba en las reuniones, demostraba algunas condiciones. Ella trató de que yo siguiera alguna carrera universitaria, conversamos posibilidades, hasta que un día me sugirió: “¿Por qué no estudias Ciencias Políticas?” Yo reaccioné abruptamente: “¿Por qué no te vas a la mierda?” Había cumplido los 18 y pensé que podía contestar como se me cantara, así que seguí: “¿Por qué no estudiás vos esa carrera?” Es que nada podía estar más alejado de mis gustos, de mis habilidades.

¿Qué te llevaba inequívocamente a estudiar teatro y canto...?

–Descarté la posibilidad de estudiar en Estados Unidos: aunque me tentaba la idea de un colegio tipo la serie Fama, no quería estar sola, extraño mucho. Por una de esas casualidades maravillosas me encuentro en el vestuario con una amiga que hacía muchísimo que no veía y que me dice: “¿Querés estudiar teatro? Vení conmigo, estoy en lo de Alezzo, en adolescentes”. “Uy –pensé–, acá hay una que tuvo padres más despiertos que los míos.” Tuve que dar un examen relatando algo, no más de 20 minutos. Con muchos nervios, conté una historia real y entré. Al mismo tiempo, me había anotado en el conservatorio López Buchardo, donde me bocharon en canto.

Con mucha clarividencia y don profético, sin duda.

(Risas.) –Me aceptaron en teoría y solfeo y piano complementario. Volví a prepararme en el curso de verano y me anoté en otra mesa examinadora, donde estaba Africa de Retes. Me jugué y entré. Me encanta Maria Callas, una de las mejores cantantes actrices del bel canto, pero yo no quería ser ni Callas ni Monserrat Caballé ni Kiri Te Kanawa, que es mi favorita. Aspiraba a formarme profesionalmente. Bueno, me fui antes de terminar el tercer año del conservatorio porque estaba muy metida con el teatro: hice los cinco años, muy enganchada con mis amigos actores, me daban mucha pila, hacíamos obras. El canto lírico es más solitario y en el conservatorio había mucha competencia: yo odio esa parte. Aparte, sabía que quería cantar un género popular, me gusta orejear los idiomas. Me dediqué mucho al teatro, hasta que empecé a hacer mi música, actividad que me absorbió. Además el grupo de actores y actrices se fue desarmando.

¿La experiencia del teatro la aplicaste al canto?

–Sí, claro. Y en algún momento, volveré a la actriz. Lo último que hice, Vino de ciruela, lo disfruté mucho. Pero sucedió que con la música tuve una etapa intensa de crecimiento en poco tiempo, que exigía concentración. También sufrí un quiebre de banda que fue un cimbronazo, salí a buscar nuevos músicos.

Tu último disco tiene algo de antología romántica, y aunque diferente, guarda relación con los anteriores.

–Tengo tres etapas con los discos: el primero, la presentación, la despedida de la niña melancólica, una tapa azul con cara seria. Después de grabar ese CD terminó una etapa de bajón, estaba en pareja con un personaje muy triste que me contagiaba, un lastre. Pasaron tres, cuatro años y empiezo a grabar otro disco bajo otro signo: con cambios en mi vida, una buena ducha de terapia (mi psicóloga es lo más grande que hay), conozco al hombre que iba a ser mi marido, hago un viaje a Europa: todo esto aparece en el segundo CD como una explosión de alegría, de pasión. Era mi primera producción donde tomaba las riendas, me hacía cargo de todo: el repertorio, los músicos. Recién casados, en vez de luna de miel, con mi marido nos metimos encantados en el estudio. Fue un disco de mucho avance, de poder plasmar lo que había aprendido. Ese es Baby! Paralelamente, se cumplió mi deseo de tener un hijo, paré un tiempito después del nacimiento de Román. Y empecé la preproducción de Trece canciones de amor, que grabé con el bebé muy chiquito, siempre teniéndolo conmigo. Necesité bajar los decibeles, enchufarme un poco en la tierra para hacer este CD que es guitarra y voz. Creo que acompaña el sentir y el pensar de alguna gente del país en busca de austeridad, de despojarse de oropeles y alharacas. Me gusta la foto de tapa en blanco y negro, me reconozco, con ese toque de rojo que habla de amor. El título es tan concreto y sencillo como su contenido. El 13 tiene que ver con el día en que nació mi hijo, esa cifra representa buena suerte para mí. Pero quedó un bonus track. El repertorio surgió de gustos personales, canciones que me expresan, que expresan emociones humanas. Fue muy bueno trabajar con el guitarrista Ricardo Lew, un divino, un tipazo. Grabar este disco fue un verdadero placer y me pone contenta percibir en la gente que cubre una necesidad de compañía, de romanticismo, de evocación, de poesía.

Por Moira Soto