Página/12 -Cultura y Espectáculos
4 de junio de 2008

QUIERO PROBAR OTRAS COSAS.

Acaba de editar junto al guitarrista Ricardo Lew Trece canciones de amor, un CD notable en el que se pasea por los géneros y los autores más diversos, desde Cole Porter hasta Eric Clapton, pasando por Duke Ellington y Stevie Wondere.

“Hacía mucho tiempo que queríamos grabar este disco”, comenta Ligia Piro, sentada en la cocina de su casa. El humo de su taza de té le dibuja una filigrana en el rostro, mientras la cantante habla de Trece canciones de amor. Se trata del trabajo que acaba de editar junto al guitarrista Ricardo Lew para Gatopop, el sello discográfico que ella misma creó junto a su marido David Libedinsky, y que presentará este y el próximo sábado a las 21 en La Trastienda (Balcarce 460). “Aprovechamos que estábamos por sacar el sello, o tal vez sacamos un sello aprovechando que estábamos por hacer este disco, no lo sé”, bromea Piro. La elección de sólo trece, entre la multitud de canciones que hablaron y hablan de amor ante el mundo, podría sugerir la existencia de un dibujo previo, una intención, un punto de llegada; sin embargo, Piro dice sin misterios que no hay propósitos detrás del propósito. “Lo que une a estas canciones es un tema común, que cada una expresa a su manera”, asegura. El resto queda librado a una cuestión de gusto y sensibilidad personal, que la cantante expone desde un lugar en que el jazz, a través de una voz que abreva en sus fuentes y un repertorio en gran parte formado por standards, podría ser la referencia más fuerte, pero no la única. “Es un disco para escuchar de muchas maneras”, afirma.

En el diálogo entre voz y guitarra que proponen Piro y Lew hay un juego que va mucho más allá de la alternancia entre fondo y figura. La voz de Piro se recuesta sobre un gesto cándido, casi ingenuo, que con un vibrato dúctil y mesurado sabe cómo poner sentido en cada palabra, calidez exquisitamente ligera en cada frase. Lew acompaña con solvencia encantadora, y cuando pasa al frente lo hace con la misma naturalidad, con un lenguaje que sin ser igual al de la voz, dice lo mismo. La música transcurre sin pirotecnias, la virtud está en dejar escuchar solo lo que la canción soporta; no hay experimentación sobre lo que podría ser, sino celebración sobre lo que cada una es. “Después de Baby necesitaba sacar este disco, regresar a un lugar intimista –explica Piro– y este encuentro no podía ser sino con Ricardo, que además de ser un gran músico es una persona encantadora. Por otro lado, la guitarra tiene algo especial, algo de gran nobleza, como el whisky.”

La charla se prolonga, sobre un sillón del living descansa Pop, el gato siamés que da nombre al sello; de pronto pasa Román, de un año y medio, con su triciclo. Piro cuenta que el disco iba a llamarse Acuario, pero que al final ganó un arte de tapa invernal, que se refiere a dos personas que se encuentran en un lugar cálido, que el término “canciones de amor” explicaba mejor. También dice que más allá de lo despojado de la propuesta, grabar fue una tarea ardua, que pudieron cumplir recién después de mucho trabajo en común. “Era indispensable hacer de cada tema una conversación, y para eso es necesario una complicidad que sólo se logra tocando y ensayando mucho”, agrega.

La historia de colaboraciones entre la cantante y el guitarrista comenzó hace poco más de cinco años y de manera más bien casual. “El guitarrista que entonces estaba en mi banda no podía venir –recuerda Ligia– y le dije, ‘bueno, pero como reemplazo traeme un genio, porque no quiero andar renegando’. Efectivamente llegó Ricardo y desde entonces comenzamos a tocar juntos y, aun sin declararlo, creo que en ese momento comenzó a gestarse este disco.” “Además de ser un genio y tener un gran sentido del humor, Ricardo es un muy buen compañero en el escenario –agrega– y para mí es fundamental tener cerca a alguien sobre quien poder apoyarme.”

A la hora de rastrear influencias, Piro pasa lista al elenco estable de las grandes mujeres del jazz cantado, entre ellas Billie Holiday, Ella Fitzgerald y Sarah Vaughan, naturalmente; más acá matiza con los nombres de Elis Regina y Maysa Matarazzo. “Hay una parte de mi universo que es la música que estaba en casa, la información que manejaba desde muy chica –explica– y otra parte que tiene que ver con las modas de mi generación. Hace un tiempo que me despojé de tener que cantar exclusivamente jazz y ésta era una buena oportunidad para hacer las canciones que nos gustan. Evidentemente el jazz tiene más peso y al final se impone, pero hay otras cosas, de las que hago mis propias versiones, sin pensar en los originales”.

De esa idea, junto a clásicos como “Moon River”, de Henry Mancini y Mercer; “Love You Madly”, de Duke Ellington; “Waltz for Debby”, de Bill Evans y Lees; “How Deep is the Ocean”, de Irvin Berlin; “So in Love”, de Cole Porter –además de una notable versión de “Lover Man”, que como “Invisible track” aparece dos minutos después del final del último tema–, salen canciones de otros palos, como “Isn’t She Lovely”, de Stevie Wonder; “Can’t Buy Me Love”, de Lennon y McCartney, y “Change the World”, el tema que hiciera famoso Eric Clapton.

Los shows de La Trastienda tendrán como invitados al bajista y cantante Daniel Maza y al baterista Daniel “Pipi” Piazzolla, que se sumarán en la segunda parte del show. “La primera parte será con canciones del disco, Ricardo y yo –anticipa Ligia–; después, ya con el trío, haré una parte brasileña y algunas cosas en castellano. Con Maza estamos viendo qué podemos cantar juntos”. Presentado un disco se piensa en otro, y la segunda parte es una manera de anunciar el futuro. “Es como comenzar a armar lo que será la próxima propuesta, lo que vendrá después –confiesa Piro–. Ahora que terminé este disco siento la necesidad de comenzar a probar otras cosas, de abrir una etapa de búsquedas que tal vez tenga más que ver con lo latino, con ahondar en músicas más ligadas a lo nuestro, como el folklore o cosas, digamos, de Brasil para abajo.” Sin caer en las tentaciones que propone cierto imperativo genético –Ligia es hija de Osvaldo Piro y de Susana Rinaldi–, la cantante dice sentirse menos dúctil para el tango que para el vals. “Al tango, prefiero escucharlo –asegura–. Pero nunca digo nunca...”

Por Santiago Giordano