Alfa Stile
Junio de 2005 (Mensual)

CANTO DE SIRENA

Heredera de una  familia con larga tradición artística, Ligia Piro logró en unos pocos años transformarse en una de las mejores cantantes argentinas, gracias a un estilo personal e intimista que sabe combinar los matices clásicos del jazz y la bossa nova en versión contemporánea. A semanas de iniciar la grabación de su esperado segundo disco, repasó parte de su vida con Alfa Stile y contó algunos de sus secretos para lograr que la melancolía no se vuelva una especie en extinción.
“Ligia significa “Sirena” en la mitología griega, y me bautizaron así en homenaje a la madrina de mi mamá. Ella, a su vez, se llamaba Ligia por el nombre de una protagonista de la novela “Quo vadis?”, que en latín significa “Adónde vas?”, y que curiosamente es la pregunta que más escuché durante mi adolescencia: “Ligia, ¿adónde vas? ¿adónde vas?”,  cuanta a modo de presentación y se ríe abiertamente en el living de su casa de Palermo. Es una tarde lluviosa de otoño y Buenos Aires se desdibuja detrás de las ventanas. Algunos pisos más abajo, el empedrado del Pasaje Bollini tiene un extraño resplandor de otros tiempos, mientras se suceden los paraguas y las corridas. Es un momento propicio para disfrutar de una taza de café, poner un disco de antiguas canciones como música de fondo y conversar con Ligia Piro, una de las revelaciones más notables del jazz argentino de las últimas décadas.
En principio habrá que aclarar que es hija de dos artistas muy reconocidos, la cantante Susana Rinaldi y el bandoneonista Osvaldo Piro. Sin embargo, semejante herencia familiar es apenas un detalle de referencia, si se considera que ella prefirió abrazar otra religión musical desde muy joven, y que además lo hace con una convicción notable, mezcla de sensualidad y melancolía. En el escenario se desenvuelve con toda naturalidad, como si hubiese nacido ahí mismo. Le basta sentarse con su estilizada figura, ofrecer su inmensa mirada de ojos elocuentes y realizar un sutil movimiento de manos para lograr que el público, de pronto, retroceda imaginariamente a un night club de Maniatan, en los años cuarenta. O, por qué no, para desembarcar sorpresivamente en un bar de la Avenida Atlántica, en el corazón de Río. Es que la voz de Ligia esconde un fraseo muy personal, que sabe sobrevolar tanto los humos negros del jazz como las arenas cálidas de la bossa.
Su formación en el Conservatorio Nacional de Música y en la Escuela de Teatro de Agustín Arezzo permiten confirmar que se trata de una artista llena de matices, carismática y con un decidido sentido de la interpretación. Su disco “LP” es la primera gran demostración de todo ese potencial. Y a no tener dudas: en pocos años, será la mejor cantante argentina contemporánea.

¿La formación lírica es imprescindible para tener una buena base vocal?

No se si es imprescindible, pero si es muy útil como una base para después cantar música popular. Sirve para aprender técnicas diversas y mecanismos para poder ejercitar la voz. No duré mucho en el Conservatorio, pero aprendí algo importante: uno tiene que lomar su propio cuerpo y desarrollar el cauto dentro de las condiciones naturales de cada uno.

¿Y qué ventajas le podés atribuir a tu experiencia teatral cuando estás en el escenario?

Ojo. No estudie teatro para complementar el canto. Lo hice porque quería ser actríz y me gusta mucho el teatro. Empecé estudiándolo apenas salí del colegio secundario y recién al año me anoté en canto. Pero siempre como dos actividades por separado. A lo mejor, la combinación de ambas escuelas surte efecto en el momento de salir al escenario. Pero nunca estudié con esa premisa. Soy una apasionada del teatro y la actriz que soy está latente, pero no podría vivir sin la música.

Considerando que venia de una familia con una larga tradición musical, ¿sentís que en algún punto tu destino ya estaba marcado de antemano?

Creo que la vocación está en uno, y eso es algo que no se puede explicar. Siempre soñé con esto de cantar, pero además queda orientarme hacia una música que me apasiona desde muy chica, y que era lo que se escuchaba en mi casa. Las melodías del jazz me encantan desde que tengo diez años. Recuerdo que me la pasaba encerrada escuchando a Billie Holiday. y mis amigas pensaban que estaba loca.

¿Y el tango qué lugar ocupaba en tu infancia?

El tango no es una música que me represente. Dentro de mi melancolía, creo que elegí las baladas del blues y el jazz que para mi quieren decir lo mismo que el tango.

Si en el principio fue exclusivamente el jazz, ¿cómo fue el descubrimiento de la Bossa Nova?

Entró a mi vida gracias a Joao Gilberto. Lo que me gustó de la Bossa fue el hecho de encontrarme más con lo latino en medio de la música sajona que estaba haciendo. Fui descubriéndola por (Antonio Carlos) Jobim y Elis Regina, que fue el primer disco que escuché, y que hoy forma parte de mi discoteca básica. Adoro esa música que, más allá de la nostalgia, tiene mucha alegría adentro.

¿Por qué elegiste dos géneros tan melancólicos?

El artista es melancólico, empecemos por ahí. Se trata de tener la sensibilidad a flor de piel, ser capaz de emocionarse y mantenerse activo con los sentimientos. Son cosas que se pierden cada día más. Hoy estamos viviendo tiempos de tanta violencia, locura y miedo que, de pronto la música y los sentimientos te mantienen un poco a salvo.

Primero fue el conservatorio, después el aprendizaje lírico y la actuación... ¿en qué momento decidiste iniciar una carrera como cantante de música popular?

Las cosas se fueron dando de forma paralela. Empecé a trabajar más como actriz, con un grupo de teatro. Y en la adolescencia me resultaba más difícil porque era un trabajo colectivo. La música es una tarea más solitaria y de autogestión,  por eso quizá me costó más. Al principio, cantaba solo en las reuniones familiares, o ensayaba con mi primo, que toca el piano. Un día, hace unos ocho o nueve años, surgió la posibilidad de hacer un show y me animé, para ver qué pasaba. Y descubrí que me gustaba la energía que te transmite el público, el feedback constante, la posibilidad de trabajar con una adrenalina que no es cotidiana.

¿Cuál es el criterio para elegir las canciones que te acompañan?

Los temas los elijo, en general, por la melodía. Recién después me pregunto qué dice la letra. A veces tuve que descartar algún tema, más allá de que me encantaba la música, como una canción de Nat King Cole ”Straighten Up And Fly Right”, que habla de un pájaro que llevaba a pesca un mono... no decía nada que me interese, entonces no lo canté. Si la música me gusta mucho, la letra tiene algo que decir. De todas maneras, el jazz tiene una poesía universal. Hay letras más etéreas, hay tras más concretas. Como por ejemplo, “Cry me a river”:es una mujer que dice “ahora venís y me decía tal cosa,  antes me dijiste que... yo me acuerdo cuando me dijiste que mi amor era plebeyo y que vos terminabas conmigo en ese momento”.

Es casi un tango...

Es un tango, como no. Y “Angel eyes”, por ejemplo, es más etérea. Habla de un hombre que dice: “Mi corazón o tiene dónde caerse muerto”. Un concepto mucho más poético. En cualquiera de ambos casos, uno puede tomar esas letras y hacérselas propias, a partir de una historia personal, o sacar esa cosa sensiblera que todos los argentinos tenemos.

Después de cantarlas mucho tiempo, ¿qué pasa cuando volvés a escucharlas en la versión original que te había deslumbrado?

Me siguen gustando, porque tengo un gran respeto por los maestros que crearon esas melodías. Puedo hacerme propias esas canciones para cantarlas, pero nunca creería que  lo mío es mejor que la original.

¿Cómo llega la decisión de grabar un disco?

La idea salió después de un show en el Teatro Alvear, hace unos cinco años. En los camarines, mi madre me dijo: “Nena, es hora de registrarlo. No podés dejar de grabar esto”. Creo que ella percibió que yo estaba entrando en un momento artístico de más seriedad y responsabilidad, algo que también se reflejaba en la gente sentada en la platea, que realmente disfrutaba lo que estábamos haciendo.

¿Hubo un proceso de selección de canciones?

En principio había dieciséis canciones, y quería un disco de catorce. Había una lista de cinco temas que incluiría sin dudas: “Summertime”, “Cry me a river”, “Angel Eyes”, “Speak Low” y “Message in a bottle”. Por otra parte, tenía una lista de elegibles completar las catorce. Y después decidimos con el director artístico, que íbamos a bajar a doce canciones, por aquello de “lo breve, si bueno, dos veces bueno”. A último momento, quedaron afuera “The man I love”, de George Gershwin y “This mascarade”, de Leon Russell.

¿Existió en algún momento la intención de componer algo propio?

No tengo la inspiración necesaria. Admiro mucho a los que componen porque nacieron con una estrella aparte. Gracias a ellos, lo que necesito decir ya está escrito.

Queda claro que en tu cielo musical están Billie Holiday, Hill Evans, Antonio Carlos Jobim, Cote Porter, George Gershwin... ¿quiénes faltan?

(Piensa unos segundos) Elis Regina, Al Jarreau… Marisa Monte, Djavan, los Beatles... y entre los argentinos me gustan Luis Salinas, Javier Malosetti y mi mamá, por supuesto! (risas).

Más allá de haber participado del disco, ¿qué rol ocupa tu madre en el desarrollo de tu carrera?

Mi mamá es muy amiga y compinche. Pero eso si: no regala nada. Si hay que criticar lo hace, aunque siempre con mucha altura, porque sabe de lo que está hablando. Está muy atenta en los shows, y cuando tiene algo para decir es muy constructiva. Por ahí me dice: ‘cuando cantás tal tema, no lo hagas parada, sentáte” o pregunta de qué habla tal canción y me sugiere ciertas posturas, ambientes o iluminaciones para que se refuercen los conceptos.

¿Qué podés adelantar del segundo disco?
Empiezo a grabarlo a fines de junio, y creo que el trabajo total nos tomará un mes. Quiero que tenga diez temas y un bonus track, que todavía no tengo elegido, aunque podría ser una sesión de ensayo con la banda. Seria algo divertido para mostrar. Es probable que también haya alguna otra versión de un tema rock. Estoy fantaseando mucho con un tema de Nirvana llamado “About a girl”. Lo tengo que probar. Hay también una idea de reversionar algo de Prince, pero todavía no sé qué canción. Lo único seguro es que Round Midnight”, de Thelonious Monk, formará parte del disco.

A la combinación de Jazz, Bossa y Pop, ¿se le seguirán incorporando otros géneros en el futuro?

Si, quizá no en el próximo disco, que ya lo tengo muy armado en mi cabeza. Pero me encantaría... También tengo pensado, en algún momento, hacer un disco puramente de música brasileña. Claro que es una opinión desde el presente, quizá para ese momento quiera grabar canciones de rock argentino o una buena zamba. No me considero una Jazzera pura ni tampoco quiero serlo. Soy una cantante. Hoy hago Jazz con mi propio estilo. Pero eso no quita que mañana no pueda hacer una chacarera.

Originalmente, el disco debut de Ligia Piro se iba a Llamar “Cuerpo y alma”, pero las casualidades quisieron que ese nombre fuera elegido, casi al mismo tiempo, por Pedro Aznar para bautizar su nuevo álbum. En ése momento comenzó la búsqueda de otro título para la grabación. “Tenía un anillo con mis iniciales “L.P.”, lo miraba todo el tiempo y  hacía juegos de palabras con asas letras: Luna Park, La Plaza, La Plata y, de pronto, descubrí Long Play. Me encantó la casualidad, les gustó a todos y finalmente fue el nombre adoptado”, cuenta Ligia. Con la producción general de su madre, Susana Rinaldi, las sesiones de grabación y mezcla de “L.P.” se realizaron durante seis meses, entre diciembre de 2002 y mayo de 2003. El resultado final es una docena de verdaderos clásicos del jazz y la Bossa Nova en clave contemporánea, con nuevos arreglos y cadencias que mantienen el espíritu de las versiones originales.
El disco incluye las canciones: Body and soul, God bless the child, Waltz for Debby, Don’t explain, Speak loww, Chega de saudade, Night and day, Cry me a river, Summertime y Angel eyes.